LA VIDA MÁS ALLÁ…

Lo he confesado muchas veces. Nunca pido a mis amigos que piensen como yo, que voten a quien yo lo hago, que practiquen la misma religión y, por supuesto, que tengan la misma condición sexual. Me gusta la diversidad, me enriquece la divergencia y practico el respeto, que me parece imprescindible para la buena convivencia.

Por mucho que lo he intentado estos días, no recuerda cuándo se remonta o el primer cruce de miradas con Borja Sémper. No sé si nos separaban más cosas que las que nos unen ahora, pero sí recuerdo que le admiré por sus poesías antes de conocerle y, cuando se encontraron nuestros caminos y nos hicimos amigos, ya caí rendida ante una personalidad diferente y una vida digna de un guion de cine.

Siempre me atrajo de él que no era un político al uso. Nunca se ‘mordió la lengua’ para expresar lo que pensaba y sentía, aunque eso le supusiera poner en jaque a su propio partido, sacarle los colores y demostrar que no le perdía la pasión. Cuando algo estuvo mal, lo dijo y, no por ello, dejó de creer en unas siglas que le han hecho vivir mucho y conocer con intensidad el lado oscuro de defender unas ideas frente a los que no practican el respeto y no las aceptan.

Hace dos años, desencantado de la política, decidió hacerse a un lado y desaparecer de la dedicación a la que se había entregado en cuerpo y alma. Con su marcha perdimos a un hombre sensato, directo, moderno, atractivo, deportista y ¡poeta! En definitiva, un auténtico verso suelto, libre y esperanzador en esa profesión en la que acababa de decidir pasar página. A partir de ese momento, se enfrentó a un cambio de ciudad, una nueva aventura profesional en la empresa privada y, sobre todo, se refugió en esa familia que ha sido su guía «en lo bueno y en lo malo, en la salud y la enfermedad».

Siempre le digo que puede ser un excelente ministro de Cultura porque le apasiona el arte, la lectura, la música y entiende de cine más que muchos que escriben sobre él. No se pierde una película de Ricardo Darín y a Woody Allen le perdona hasta sus películas menos afortunadas. Cuando hay que hablar del neoyorkino es cuando diferimos, porque yo soy incondicional de Spielberg y él cree que tiene algunas lagunas. Largo debate siempre..

«Mi padre es un cinéfilo desaforado y, cuanto tuve edad, me llevaba al cine» me contó un día. «Íbamos desde Irún, donde yo nací, a San Sebastián a ver películas. Hacíamos un plan completo, que era tomarnos algo en la parte vieja y luego a la sesión de cine. Recuerdo que la primera fue ‘La guerra de papá’ y ‘Superman’. Tuve una infancia en la que el cine estuvo muy presente porque mi padre se preocupó de ello. Tiene en casa una cineteca maravillosa».

Nunca imaginó que esa pasión cinéfila le pondría en el camino a Bárbara Goenaga, su compañera de vida. «Es la mejor actriz», me dijo con total naturalidad entre risas en nuestra primera entrevista hace ya varios años, mientras tomábamos un café en el hotel María Cristina de la capital donostiarra. «Tiene una cosa que enamora, que es la naturalidad y la sencillez. Es una mujer muy capaz de tener los pies en la tierra. Nunca la he visto responder al estereotipo de actriz vanidosa. Y eso ayuda mucho».

Con ella y sus hijos vivió y disfrutó de esa segunda oportunidad que le dio la vida. Desde el minuto cero supo de había vida más allá del despacho y de la política, esa a la que ahora regresa con la ilusión del principiante. Con él vuelve la moderación, el talante equilibrado y una bajada de decibelios en la crispación, algo que todos agradeceremos. Sin duda, la vida es una suma constante de «más allá»…

Foto portada: Brian Hallett

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