NUNCA ES TARDE

Ya estoy oyendo a unos cuantos: «Ya está aquí esta defendiéndola». Los que me conocen bien saben que, siempre que hablo o escribo de ella, procuro poner en práctica eso de “hablar de la feria según te va en ella”. Y conmigo Penélope Cruz siempre ha sido correcta, profesional, respetuosa, entrañable y encantadora. En función de ese comportamiento va siempre mi comentario.

La clave de mi sintonía con ella siempre, tal vez, ha estado en respetar aquellas facetas de su vida que siempre ha querido preservar de la curiosidad pública. Al hacerlo así, sin pretenderlo, me he encontrado con titulares que ella misma me regaló con total naturalidad. En eso siempre ha sido bastante coherente aunque, en algunas etapas pasadas, llegase a mostrarse más proclive a hacer algunas concesiones que luego ha evitado. El famoso no lo es las veinticuatro horas del día. Eso es algo que siempre he defendido, aunque sé que hacerlo es algo muy impopular en mi profesión.

Nada ha cambiado a esta ‘chica de Alcobendas’, que hace ya unos cuantos años cruzó el charco con ganas de ‘comerse el mundo’. De cerca es luminosa y segura, pero también hermética y escurridiza, cuando se quiere saber más de la cuenta. Con el tiempo, ha sabido convertirse en una experta en capear las tormentas mediáticas.

Conocedora de las críticas que, cada cierto tiempo, tiene que leer o escuchar, ha conseguido que la polémica no altere esa tranquilidad emocional en la que se encuentra tan a gusto. Mientras eso ocurre, los directores más codiciados se la siguen disputando por su talento y los actores más solicitados ya saben lo que es tenerla ‘dándoles la réplica’.

Ha logrado, en el cine internacional, lo que nunca una española consiguió. No se considera una estrella, aunque está en la cumbre, y no se arrepiente de haber puesto ‘tierra por medio’, hace unos años, para explorar nuevos horizontes. Con su cara de ángel y madera de estrella, Penélope Cruz se ha convertido en una de nuestras mejores embajadoras. Ha perdido la cuenta de las portadas que ha ocupado, del número de marquesinas con su rostro que invaden las avenidas exclusivas y selectas de las ciudades más importantes del mundo, de los elogios que avalan su trabajo e, incluso, de los momentos estelares que ha vivido como protagonista indiscutible.

Durante mucho tiempo, en nuestro país le negaron ‘el pan y la sal’, algo que últimamente ha ido perdiendo fuerza ante unas evidencias que todos reconocen. Un Óscar, tres Goya, un Bafta, una Copa Volpi, un David de Donatello, un Donsotia, un César de Honor. Le faltaba un reconocimiento español. Tal vez por ello, la concesión del Premio Nacional de Cinematografía, que le han otorgado esta semana, ha sido aplaudido por todos. No se ha oído ninguna voz discrepante que no reconociese ese mérito. Va a ser verdad que el refranero tiene razón y «nunca es tarde…»

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