EQUILIBRIO VITAL

Recuerdo perfectamente el día que conocí a Borja Sémper. Fue en el hotel María Cristina de San Sebastián. No podía ser mejor entorno para dos amantes del cine. Previamente a ese encuentro, habíamos charlado bastante por Twitter, en los tiempos en los que esa red era un lugar de encuentro calmado y cambio de impresiones desde el respeto. Nos caímos bien y quedamos en «desvirtualizarnos» cuando yo fuese al festival de cine. Y así fue.

Parecía que nos conocíamos de toda la vida, que éramos dos amigos que seguían una conversación donde la habían dejado la tarde anterior. Me encantaba escucharle. Sin pretenderlo, Borja tenía -y conserva- ese privilegio, que poseen muy pocos, de ser el centro de atención por su carisma y la forma tan descriptiva y calmada de contarte con naturalidad hasta aquello que cuesta digerir por su crudeza.

Siempre me atrajo de él que no era un político al uso. No se “mordía la lengua” para expresar lo que pensaba y sentía, aunque eso le supusiera poner en jaque a su propio partido, sacarle los colores y demostrar que no le perdía la pasión. Cuando algo estaba mal, lo decía y, no por ello, dejaba de creer en unas siglas que le hicieron vivir mucho y conocer con intensidad el lado oscuro de defender unas ideas frente a los que no practicaban el respeto y no las aceptaban.  Era -y sigue siendo- sensato, directo, moderno, atractivo, deportista y ¡poeta! En definitiva, un verso suelto y esperanzador en esa vida política, que ya no desempeña.

Siempre tuvo claro que había vida más allá de la política, aunque también sostenía -en aquella conversación- que «si te dedicas a la política con pasión y forma parte de tu vida, creo que nunca dejaré de ser político. No sé si nací con esa inquietud pero, en el colegio, hacía carteles en los que ponía “vota a Borja para el consejo escolar. Yo creo que me votaban porque, como era de los peores de clase y de los que peor se portaba, pensaban que iba a ser más revolucionario si estaba en el consejo escolar”.

Nos reímos con una y mil anécdotas, pero nos extendimos poco hablando de su faceta como personaje mediático, aunque fue inevitable recordar esos años de dura convivencia con la incertidumbre, el miedo y la fórmula para encontrar el equilibrio emocional en una vida que pendía, cada día más, de un alambre. “El miedo no se puede controlar, lo que puedes hacer es impedir que te condicione», me dijo. «A mí no me importa sentir miedo siempre y cuando no condicione mi compromiso, mi actitud y mi forma de comportarme. Y eso es lo que siempre me ha obsesionado”.

Me sobrecogió cuando hablamos de cómo se le cuenta a un hijo lo que vivía su padre en aquellos años. “Mi hijo mayor, en cierta medida, lo ha vivido. Él nació en un hospital en el que su habitación estaba custodiada por dos señores de seguridad. Eso, al final, hizo muy fácil la explicación con el paso del tiempo, porque él veía que su padre iba siempre acompañado de unas personas. Primero eran los amigos de papá y, después, dos señores que le acompañaban para que no le pasase nada. Por fortuna, mis hijos pequeños van a vivir en un país completamente diferente, ese que estamos intentando construir. A ellos se lo explicaré con normalidad y naturalidad, porque son niños pero no idiotas. Se lo contaré desdramatizando, enseñándoles una serie de valores que no me obligarán a extenderé en algunas cosas”.

Foto: Olmo Calvo

De todo eso y muchas vivencias más, Borja y Eduardo Madina hablan en el libro que han escrito conjuntamente, «Los futuros perdidos», y que ha visto la luz coincidiendo con el décimo aniversario del fin de la banda terrorista ETA. Diez años sin matar, después de medio siglo sembrando el terror. Tanto en ese libro, de imprescindible lectura, como en sus entrevistas y programas de televisión, ambos son ejemplo de educación, tolerancia, respeto y admiración. De opiniones políticas que no siempre coinciden, su actitud debería enseñarse en los colegios y universidades.

Lo que han vivido, cómo lo han gestionado y la manera en la que lo siguen haciendo, está relatado con minuciosidad y mucha verdad en el libro y en el documental «Impuros», que debería tener su recompensa con todo premio que se precie. Es la historias de dos jóvenes valientes, en la Euskadi más difícil, a los que les robaron su adolescencia y unas vivencias ya irrecuperables. Unos hombres que luchan, desde esos días, por lograr su equilibrio vital.

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