LA CHICA DE LOS OJOS VIOLETA

CLEOPATRA dejó en evidencia los problemas de alcoholismo y ego de una Elisabeth Taylor que pasó a la historia, al margen de otros merecimientos, por esta incontestable interpretación. Su Marco Antonio en la ficción se convirtió en el amor de su vida. Tres matrimonios y peleas de ida y vuelta jalonaron su vida con Richard Burton. Hoy habría cumplido 85 años y, en junio, se cumplirán 54 de la película que estuvo a punto de llevar a la bancarrota a la todopoderosa FOX.

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Tuve la suerte de saludarla hace años en una fiesta en Marbella. Eran mis comienzos en Madrid. Yo trabajaba en Antena 3 y cubría la información de su visita a España. Vino acompañada del actor George Hamilton con el que, en aquel momento, mantenía un romance. Una relación más de las muchas que acumuló a lo largo de los años. Eso es lo que se ha llevado con ella. Por fortuna coincidimos en dos ocasiones más. Una en Disneyland Paris, en una cena con Michael Jackson, y otra en una fiesta privada de un amigo común. En todos esos encuentros admiré su belleza, por supuesto, la luz de su sonrisa y esos ojos tan especiales, que tardó quince días en abrir cuando nació y que miraron la vida a través de su cristal violeta.

Con ella se fue otro de los grandes mitos del cine de siempre. A estas alturas seguro que sigue de permanente celebración con sus amigos Rock HudsonMichael JacksonJames Dean y, por supuesto, con el que fue el amor de su vida y tres veces marido, Richard Burton. Con él rodó -entre otras- CLEOPATRA, la película que no sólo ha pasado la historia por la pasión desdoblada por sus protagonistas, sino también por las innumerables peleas entre la pareja. La suya fue una de las historias de amor más tormentosas, pasionales y -al mismo tiempo- románticas que ha trascendido de la gran pantalla.

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Durante el rodaje de CLEOPATRA en Roma, la pareja iba todas las noches a cenar a LA TABERNA FLAVIA, una típica trattoria italiana situada en las pequeñas callejuelas, que se esconden detrás del Gran Hotel, lindando con la elitista Via Venetto. En la taberna (donde yo he tomado la mejor mozarella de búfala del mundo), Mario -su dueño- les daba de cenar en un reservado, situado al fondo del local, que hoy se ha convertido en un museo dedicado a la Taylor y su personaje. La actriz, al terminar el rodaje, regaló al querido tabernero sus sandalias de Cleopatra, así como diferentes prendas de su vestuario y joyas lucidas en la película. Mario protegió todos esos recuerdos -hoy ya reliquias históricas- en unas urnas de cristal especiales, que permanecen colgadas en las paredes de ese reservado en el que, por fortuna, he podido cenar más de una vez.

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Dos Oscar de Hollywood, ocho matrimonios y unos cuantos divorcios. Su vida en cifras sería de record, pero donde realmente destacó Liz Taylor fue en su callada y discreta labor humanitaria y en su incondicional apoyo a la lucha contra el sida. Hace unos años, estando ya muy “tocada” de salud, la actriz viajó al festival de Cannes para presidir la gala de su fundación para la lucha contra esa enfermedad. Le acompañó su fiel amigo Michael Jackson, al que defendió -hasta el final de sus días – de todas las leyendas difundidas contra él a lo largo de sus últimos años de vida. En silla de ruedas y sin apenas haberse recuperado de una operación de corazón, la Taylor asistió (años más tarde) al funeral por su íntimo amigo. Ni siquiera la tristeza y el dolor de ese día le restaron brillo a esos ojos de mirada color violeta.

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