LA SOMBRA DE INDIANA JONES


Está considerado “el Ferrari de los actores”. Setenta y cuatro años no son nada. O eso, al menos, es lo que dice Harrison Ford que camina por esa década con un cuerpo atlético, en plenitud de facultades, un prestigio profesional incuestionable y una salud de hierro. El aventurero del cine por excelencia, que se siente irlandés como persona y judío como actor, ostenta –entre otros- el título del intérprete con los mayores ingresos de taquilla de la historia del cine. Hasta hace muy poco era el único actor que no se había muerto nunca en una película «pero ya tenía ganas de que me dieran esa opción». Acaba de estar paseándose por España, dándose un baño de cultura y unos buenos homenajes gastronómicos. 

Recuerdo la primera vez que le entrevisté. Fue en Nueva York , en el hotel Waldorf Astoria. Era el junket promocional de LA SOMBRA DEL DIABLO, que protagonizaba junto a Brad Pitt. Durante el rodaje habían “saltado chispas” entre ellos y para las entrevistas habían pedido estar en dos pisos del hotel diferentes, lo que suponía un stress añadido para publicistas y periodistas. No querían encontrarse ni por los pasillos, lo que se convirtió en una especie de juego del “ratón y el gato” que nos llegó a divertir en un momento determinado. Lo mejor de todo fue disfrutar del espectacular trasero del rubio Pitt, que no dejaba de deambular de un lugar a otro para evitar a ese Ford con el que no quería ni compartir una cerveza.


En ese Waldorf neoyorkino, como en cualquier hotel de las celebrities en otra ciudad del mundo, se hace un silencio ante la llegada del actor de Chicago. Es un hombre que impone. Sólo el click de las cámaras de los fotógrafos rompe la tranquilidad de la prensa que le espera. No le pesa la edad y, lejos de estar acabado, Harrison Ford supo resucitar –hace no mucho tiempo-  al mejor “Indiana Jones”. Incluso , desde hace años, está intentando convencer a Spielberg que le deje ejercer de aventurero nuevamente. Y parece que lo ha conseguido.

Dicen que la edad le ha vuelto un poco “cascarrabias” – doy fe- y, aunque nunca ha sido un derroche de simpatía, siempre se ha mostrado muy hábil a la hora de guardar las apariencias. Ante las preguntas incómodas, se convierte en un experto en sacar el látigo y poner a cada uno en su sitio.

Es el héroe por excelencia, el último caballero de Hollywood, el eterno amante, el seductor número uno…con permiso de Clooney y alguno más. Viéndole pasear por cualquier calle del mundo, de la mano de su mujer Calixta Flockhart, solo, sin guardaespaldas ni asesores de prensa, casi te olvidas que es uno de los actores más taquilleros del mundo y que encarna, como pocos, la quintaesencia de cualquier fantasía femenina. Con más arrugas, que hace veinte años, pero el mismo cuerpo atlético de antaño, Ford siempre está preparado para arrasar en las taquillas de todo el mundo.

«Al principio de mi carrera”–me comentó en ese primer encuentro con esa voz profunda tan personal-“ rodaba las películas cuyos guiones me llegaban después de pasar multitud de filtros. Apenas podía implicarme. Por fortuna, las cosas han cambiado con los años y ahora puedo llegar incluso a producir los proyectos que me gustan. Mi deseo es que cada trabajo emocione al público como me emocionó a mí”.

El sector femenino es el que sigue emocionándose a su paso y rindiéndose a sus encantos. “La gente comete errores” –me dice-. “Pensar que soy sexy y que se desmayan por mí ¡¡es de locos!!.No me veo reflejado en esas apreciaciones, ni tampoco invierto mucho tiempo reflexionando en si es cierto o no. Me divierte que digan eso, pero no me lo tomo como algo personal. No me gusta demasiado ser el centro de atención en esta vida. Mi trabajo es contar historias y no exponer la mía propia a la curiosidad del público. Creo que hay que mantener un poco de misterio con respecto a la vida privada. El público tiene que creerse lo que cuentas en la pantalla y es importante guardar el misterio para no devaluar tu faceta profesional”.

Pese a ese hermetismo y a su afición a “pasar de puntillas” en los temas personales, han trascendido algunas cosas que le engrandecen como persona. Su primera mujer, Mary Marquardt (madre de sus dos hijos mayores), es víctima de esclerosis múltiple. Desde hace mucho tiempo, Ford sostiene psicológica y económicamente su tratamiento, le ha comprado una casa habilitada para sus limitaciones y se hace cargo de todos los gastos médicos que genera su enfermedad.

Para mantenerla a ella y sus dos hijos, hace ya muchos años, se hizo carpintero (hoy sigue haciendo algunos muebles de su casa, en el taller que tiene en los bajos de su rancho de Jackson (Wyoming). En sus comienzos se dedicaba a hacer trabajos de ebanistería en casas famosas. Un día estaba montando una escalera en casa de George Lucas y éste le pidió que le ayudara a dar la réplica a los actores, que se presentaban al casting de su próxima película. Después de las primeras pruebas, Lucas se dio cuenta que Ford era perfecto para interpretar a Han Solo en Star Wars. Ahí empezó su despegue como actor de élite.

“La vejez todavía no se ha convertido en un problema” –dice-. “No me preocupa nada. Creo que todavía estoy preparado para hacer distintos personajes en próximas películas. Las de acción son las que más me gustan. Me moría, por ejemplo, por volver a ser Indiana Jones…y eso que ya soy un setentón consumado!! (risas). No me desanimo en volver a interpretarlo de nuevo. Triunfamos con el ultimo en taquilla, así que esa es la prueba de que la edad es una mera anécdota. A pesar de mis años he podido asumir escenas de riesgo sin especialistas que me doblaran en ellas”.

Todos tenemos un pasado de juventud..

Esos años han ido dejando un poso, pero él sigue llenando su vida de actividad. Es piloto profesional privado y maneja su propio avión. Pilota hidroaviones monomotor y helicópteros. Bebe la vida a pequeños sorbos para degustar con placer lo que le tenga preparado el destino. No es un derroche de simpatía pero asume con disciplina “ lo que la gente piensa de mí. No soy conocido por ser simpático ni extrovertido precisamente, pero te digo una cosa: no soy nada ególatra, ni vivo absorbido por mí mismo, ni me miro el ombligo todos los días”. Algo que, por qué no decirlo, es de agradecer.

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