EL RESPETO

Hoy cumplo dos años en mi nueva casa. ¡Menuda tontería!, me direis. Y, en parte, teneis razón. No son aniversarios para celebrar. De hecho, no tengo pensado ni hacer un postre especial, ni soplar velas para pedir un deseo…pero sí voy a verbalizar algo, será un ejercicio catártico que me va a venir muy bien.

Todas las fechas especiales de nuestra vida se convierten en importantes en función del secreto o la motivación que esconden. Yo, que lucho por ser una persona muy estable en todos los aspectos de mi vida (incluido el tiempo en las casas en las que he vivido, catorce años en una y dieciseis en otra), decidí este cambio porque necesitaba pasar página. Personal y vital. Era una prioridad.

Me urgía encontrar un lugar que no activase mi memoria con momentos innecesarios de revivir, o rincones que ya no me transmitían más que malos recuerdos. Lo decidí en tiempo record y, por fortuna, encontré un nuevo espacio que me iba a mejorar mi calidad de vida. Y así ha sido durante estos meses.

Nada en la vida es perfecto, por eso siempre procuro ver el vaso medio lleno. En contraste con los mágicos atardeceres que puedo presenciar a diario, que no dejo de compartir con insistente frecuencia, sufro la falta de respeto de mis vecinos del piso superior, que se debieron perder la clase de Epi y Blas en la que explicaron los principios de la convivencia.

Curiosamente, esos vecinos vivían en la casa que yo tengo ahora. A medida que iban pasando los días y meses, me iba encontrando con “sorpresas” que me resultaban incomprensibles en gente civilizada. Cuando, de la noche a la mañana, empezamos a escuchar ruidos a todas horas, arrastre de muebles, carreras por la casa y balonazos sin parar, entendimos perfectamente esos hallazgos.

Tras aguantar casi un año “zancadas de caballo”, pelotas botando sin parar los fines de semana en horas de descanso y ruidos varios, decidimos tener una conversación para poner solución al tema. Infructuoso intento porque, al más puro estilo de la Infanta o la Pantoja, “no sabemos nada de lo que nos cuentas. Estamos todo el día fuera de casa y la chica es la que atiende a los niños”. Y que, como suele ocurrir, para que sus jefes descansen, les deja hacer de todo y que se fastidien los vecinos.

Los ruidos no solo no han cesado, sino que han aumentado. No sé si es peor no enterarse de lo que ocurre en tu casa o no tener autoridad y que no te hagan caso si has decidido poner remedio, algo que -a la vista de los resultados- pongo muy en duda. Ellos son la parte negativa de esta nueva etapa. Un borrón indeseado en un vecindario encantador, que me recibió con cordialidad y una sonrisa.

En este segundo aniversario pienso en la falta de respeto, la soberbia y el egocentrismo en la convivencia de una sociedad egoísta. Sin embargo, ni siquiera eso enturbia esta nueva etapa vital. Cuesta tomar decisiones, pasar páginas, relegar al olvido a personas y momentos que no se merecen ni un segundo más de desgaste emocional pero, con la perspectiva que da el tiempo, siempre es un acierto. He ganado en paz mental, en crecimiento personal, teniendo a mi lado a quien se ha ganado un sitio. Y, además, cada día me regala un atardecer de película. “Yo tengo una granja en Africa, a los pies de las colinas del Ngong…”

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