LA ÚLTIMA ESCENA DE PHILLIP S. HOFFMAN

“No puedo articular palabra. Estoy desolado”. Es lo único que acertó a decir George Clooney cuando le comunicaron la muerte de Phillip Seymour Hoffman, con el que había trabajado en la magnífica LOS IDUS DE MARZO. Por esa película les entrevisté a ambos en el festival de Venecia. Era el año 2011 y, hasta ese momento, nunca había tenido ocasión de mantener una conversación con Hoffman. Por esas injusticias de los medios de comunicación, al no tener un físico como el del actor de Kentucky, no ser alto como Jackman y esbelto como Pitt, aunque sí rubio y de ojos claros, Phillip no era un actor por el que se pelearan los periodistas en los festivales. Los programas de cine y los informativos eran los que siempre acababan conversando con uno de los actores con más talento de las últimas décadas.

Ese físico apabullante e imponente que le caracterizaba, no le ayudó a lograr una popularidad mediática que a otros compañeros, con muchísimo menos talento, les convertía en foco de atención y reclamo constante en alfombras rojas, portadas de revistas y programas en “prime time”. Sin embargo, sus propios compañeros y los amantes del cine de verdad reconocieron siempre en él ese potencial interpretativo que le hacía diferente.

Desde que trascendió la noticia de su muerte, he leído cosas realmente espeluznantes entremezcladas con grandes loas, desolación y unánime reconocimiento. Aún conociendo los motivos de su fallecimiento, me resisto a juzgar su decisión. “Habla de mi vida cuando la tuya sea un ejemplo” es una sentencia que tengo siempre muy presente, por eso no cuestiono su duro y trágico adiós.

Cuanto más convivo y trato con actores o personajes mediáticos de diferente nivel, más entiendo -aunque no comparta- muchas de sus actitudes y decisiones. Vivir en la cumbre, conocer las luces y el brillo de la fama, hace más duro el contacto con la tierra, con el día a día, con los placeres cotidianos que apenas saben disfrutar porque no los reconocen. La caída suele ser una bajada a los infiernos que les lleva a no saber disfrutar esa propia vida que abandonaron para vivir y descubrir la de otros.

Phillip Seymour Hoffman era un actor de esos que, en el proceso de preparación y escenificación de su personaje, se dejaba succionar por él. Conoció, como pocos, la soledad del triunfador, a pesar de estar rodeado de gente, de buenos amigos y de una familia que hoy no entiende aún lo que ha ocurrido aunque, en el fondo, sepan el por qué. Padre de tres hijos, de voz profunda, tímido y de trato humilde, este brillante actor -por esa crueldad de la vida ¡tan injusta a veces!- va a ser recordado más por los motivos de su muerte que por la magnífica herencia interpretativa de su vida. La magia de ese cine, que él engrandeció, no va a poder cambiar ya la escena de su trágico adiós. El aplauso del final del rodaje es hoy una claqueta silenciosa. This´s the end…

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