VICENTE FERRER, UN SANTO LAICO

Hablar con Imanol Arias sobre Vicente Ferrer es como tenerle delante. Me dicen algunos actores que, después de convivir con un personaje durante algún tiempo, casi te acaba succionando. Algo así es el proceso que vive Manu, que no ha mutado en él, pero poco le falta. Ya no es sólo su impactante parecido físico, sino la forma de moverse, hablar, expresarse, transmitir.

Hace casi veinte años conocí  la labor generosa, humanitaria y de profundo amor de Vicente Ferrer en India. A él le conocí tiempo después en Madrid,cuando visito nuestro país para buscar apadrinamientos.No sé por qué pero, desde niña, he sentido una atracción especial por ese país, por su cultura, por sus gentes. Más de una vez, en mi adolescencia y también hace unos pocos meses, valoré la firme posibilidad de irme a vivir allí para ayudar a escolarizar a los más necesitados.

He tenido siempre un gran instinto maternal pero, por circunstancias de la vida, nunca he podido ser madre y, ahora, ya se me antoja demasiado tarde para ver cumplido uno de los sueños de mi vida. No me siento frustrada pero, tal vez, sí un poco incompleta. Me consuelo pensando que hay miles de niños en el mundo que necesitan ser adoptados, que buscan una mejor calidad de vida..Y a ésa esperanza me agarro en los momentos en los que añoro no haber vivido la experiencia de la maternidad.

Dice que “a quien Dios no le da hijos, le da sobrinos”. Y yo tengo la fortuna de tener cuatro maravillosos, que me han ayudado a sobrellevar ese instinto maternal del que os hablaba, compartiendo con ellos experiencias vitales que me han enriquecido como persona. Sé que no es lo  mismo, pero es el consuelo al que nos agarramos las mujeres que, como yo, no conocen la sensación de dar la vida a otro ser.

Tal vez, esa carencia afectiva como madre, es la que me ha llevado siempre a sensibilizarme de una manera especial con los que apenas tienen nada, o no conocen otra cosa que la miseria. Aún así sonríen, son felices y desprenden un amor que otros, con una vida mucho mas fácil, te regatean.

Al conocer la labor de Vicente Ferrer y la lucha tan extraordinaria que, desde hace más de cuarenta años, llevaba en Anantapur , la zona más mísera de India, no dudé ni un segundo en implicarme. Ser periodista no es un activo para poder ir a trabajar en la Fundación. Lo que necesitan son maestros, médicos, logopedas, arquitectos. Esas profesiones con las que les ayudan a construir un mundo nuevo allí. Así que, tras saber que tenía pocas posibilidades de poder ayudar “in situ”, como yo quería, decidí apadrinar. Nunca agradeceré lo suficiente el haber tenido esta opción y vivir la experiencia humana que los apadrinamientos me están regalando.

Tengo tres «niños»: Lalitha, que ya tiene veintiún años. Ya “vuela sola”, está estudiando cursos superiores y me enorgullece saber que, en parte, es por mi contribución. La apadriné cuando apenas había cumplido los tres años y, durante estos dieciocho de relación, he vivido paso a paso su crecimiento, su evolución en los estudios, su paso de niña a mujer. Es mi niña adolescente o, por lo menos, así lo siento.

Mi segundo «pequeño» es Anjineyulu. Tiene quince años y, en los ratos libres que le deja la escuela, se dedica a tejer los saris de seda. Me cuenta en sus cartas que ya casi ha aprendido a hacer el 100% de la confección y le gusta tejerlos porque, como en las bodas todas las mujeres tienen que vestir esa prenda, le gusta ver lo elegantes y guapas que están con el sari que el ha confeccionado.

Jayadurga ha sido el último en llegar. Le apadriné cuando Lalitha cumplió la mayoría de edad y se hizo independiente. Me cuentan sus educadores que es muy estudioso y que, en estos momentos, está aprendiendo a leer y escribir en su idioma natal. Le encanta hacer footing y comer caramelos con galletas. Cuando consigue que le den uno ¡¡es toda una fiesta!!. Algo que para nosotros es habitual y que apenas le damos importancia, para ellos es motivo de celebración. Sus padres trabajan en el campo, cultivando la cosecha de plátano.

Los tres, que se sientan útiles, que estudien, que coman todos los días, es el resultado de años de lucha de Vicente Ferrer. El consiguió que los llamados “intocables” (los desechos de la sociedad, los que no tenían derecho ni a comer, los que no podían trabajar porque ni a eso tenían opción) sean hoy gente integrada en su sociedad. Todavía queda mucho por hacer, muchos privilegios que conseguir, muchas batallas que ganar, pero lo más difícil se ha conseguido.

Ferrer es el eterno candidato a Nóbel de la Paz. Nunca se lo dieron a Gandhi, que lo mereció como hombre conciliador, predicador de la no violencia y  pacificador que fue, y sí a Obama… supongo que para estimularle en la lucha por un mundo mejor. No me cabe la menor duda que Vicente Ferrer concilia, en su tarea, todas las virtudes que se le exige al merecedor de este galardón. El millón de dólares que le avala sería el mejor regalo para la memoria de este hombre que, en su mujer Ana y su hijo Moncho, tiene la seguridad de llevar su legado a buen término. Ese dinero ayudaría a la construcción de más hospitales, viviendas, escuelas..Sería el mejor tributo, la mayor recompensa, para un hombre que encontró, en la erradicación de la miseria y en la lucha por los derechos de la mujer, el camino directo a la santidad, una santidad laica que, los que le admiramos, confiamos que le sea reconocida pronto…

2 comentarios en “VICENTE FERRER, UN SANTO LAICO

  1. recuerdas éso???..fué en Kenia y aún me acuerdo muchas veces de aquella situación.Qué será de ella???..espero que haya sobrevivido..Era una belleza y apenas tenía dos semanas de vida..Gracias por tu mensaje Myriam..Con este detalle me he dado cuenta que me sigues desde hace tiempo..Te mando un beso

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