ENRIQUE PONCE ENTRA EN LA HISTORIA

Como dijo Vargas Llosa en la presentación de su libro, Enrique Ponce es el reflejo de la felicidad. Y es cierto. Siempre digo que sólo necesita NADA porque ya lo tiene todo: éxito personal, reconocimiento profesional, status social y, según los entendidos en la materia taurina, un lugar en la historia en el mundo de su arte. Así queda reflejado en las memorias que acaba de escribir..
Muchos dirán qué memorias puede tener una persona tan joven (8 diciembre 1971) pero, si te empapas de su biografía, te das cuenta que ha vivido en tan poco tiempo más de lo que muchos llegan a soñar. Su trayectoria no tiene precedentes en la historia de la tauromaquia. Los números cantan: ha lidiado más de 4000 toros e indultado 40. En diez temporadas seguidas toreó más de cien corridas y ha conseguido abrir las “puertas grandes” de las plazas más exigentes del mundo. Es el primer torero nombrado académico y poseedor de la Medalla de Bellas Artes.

Le conozco desde que era novillero. ¡Cuántas veces nos hemos reído juntos al recordarle que los novillos eran más altos que él!, porque Enrique siempre fue menudito y de estatura de niño. Recuerdo que, antes de tomar la alternativa, al entrar a matar sus novilladas tenía que dar un salto para impulsarse y poder dar una buena estocada. Llegué a pensar que, como no diera un estirón, iba a ser imposible que pudiese llegar a ser matador de toros, pero el destino a veces echa una mano y le convirtió en el muchacho alto y estilizado que hoy es.
Estuve en su boda con Paloma Cuevas en Valencia. Un día en el que toda la ciudad se volcó con la pareja. Recuerdo, como si fuera hoy, el momento en el que la novia asomó por la puerta de la catedral. Era como una aparición. Fue una novia bellísima y sigue siendo una mujer guapa a rabiar. Su boda fue un auténtico acto social, donde se dieron cita personalidades de todos los estamentos.
En la celebración tuve, como compañeros de mesa, al doctor Iglesias Puga (con su mujer Ronna) y a Mª Teresa Campos con Félix Arechabaleta, un hombre encantador que la hizo muy feliz durante muchos años. A nuestra derecha estaban las mesas de los toreros, donde se encontraba tambiénEugenia Martínez de Irujo, novia de Miguel Báez “Litri” en aquellos tiempos. La relación entre ambos ya empezaba a hacer aguas y, tras compartir confidencias unas cuantas horas con ella esa noche (porque los toreros estaban a lo suyo), tuve claro que Francisco Rivera no se había ido de su corazón y pensamiento. El tiempo me demostró que no me equivocaba aunque, también ese tiempo, se ha encargado que a día de hoy sigan por caminos diferentes.

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